|
FRANCIS, Susana (1960) HABLA Y LITERATURA POPULAR EN LA ANTIGUA CAPITAL CHIAPANECA. Instituto Nacional Indigenista (INI). México. Prologo de Rosario Castellanos. Tomo 3 de la Biblioteca de Folklore Indígena. Prólogo Pp. 5-8.
|
PROLOGO
ROSARIO CASTELLANOS
HASTA HOY, AL INTENTAR RESOLVER el problema indígena, la atención se ha concentrado en los aspectos más inmediatamente urgentes. Se trata de modificar las condiciones económicas,, sociales y culturales de los grupos humanos que se encuentran (por su imagen del mundo, su idioma y sus costumbres) al margen del proceso histórico nacional.
En los Centros Coordinadores que el Instituto Nacional Indigenista ha establecido, en algunos puntos de la República, se promueve la construcción de carreteras, clínicas, escuelas, campos de cultivo; se pone a la gente en .contacto con nuevas ideas y se la capacita para el uso de técnicas que -producen mayor rendimiento y más amplia utilidad.
Tal programa bastaría, por lo pronto, si el indígena constituyera un núcleo cerrado, una órbita propia con sus leyes peculiares de desarrollo.
Pero no es así. A pesar de su confinamiento el indio convive (y su relación mercantil y de trabajo es muy estrecha) con una sociedad de mestizos y blancos más evolucionada, que la suya y que disfruta de la posesión de las más importantes fuentes de riqueza y de los otros medios de dominio.
La convivencia entre personas cuya situación sufre tal desequilibrio produce fatalmente una serie de conflictos de todo orden, incluso de orden racial.
A cada grupo corresponde una actitud de acuerdo con sus circunstancias. En el indígena (y empiezo a referirme, aquí ya exclusivamente al que habita, en la zona alta de Chiapas), una servidumbre de siglos ha contrahecho, disminuido o aniquilado el sentimiento de la dignidad personal. La humillación se les ha vuelto un hábito y la desgracia los ha herido tan profundamente que han acabado por sentir ese desprecio de sí mismos que hace a la víctima cómplice de su verdugo. Por su parte el "ladino" exagera de un modo monstruoso la creencia en su superioridad. La vive como un hecho natural, biológico, inconmovible y la justifica con razones religiosas, intelectuales e históricas.
Esta relación entre-el indio y el ladino, en la que la justicia no cuenta, se ha petrificado en instituciones escandalosas, pero que no suscitan
(p.5)
ni la más ligera mirada de extrañeza en quienes las detentan ni en quienes las padecen.
La brutalidad de tales instituciones se hace patente en el intercambio mercantil. Hay oficios, el de atajadora, por ejemplo, que consiste en arrebatar por la fuerza a los indígenas los productos que van a vender a la ciudad, arrojándoles después unas monedas que no representan un precio equitativo pero que dan al despojo cierto aspecto de compra.
O el de enganchador que trafica con el trabajo del indio, sirviendo de intermediario ante quienes lo solicitan y cobrando su servicio con la parte del león. Hay más, mucho más qué decir: del ranchero que paga a sus peones un sueldo irrisorio; del comerciante que defrauda, por todos los medios a su alcance, al cliente indígena; del profesionista, que atiende al indio que acude a él con grosería y sin escrúpulos; de las amas de casa que se confabulan para robar a las vendedoras indígenas; del simple transeúnte que se divierte dando empellones y desplazando de la acera a los indios.
Las ofensas se acumulan hasta que rebasan los límites de lo tolerable. Sobreviene entonces una reacción violenta por parte de los indios, que varias veces ha alcanzado proporciones de sublevación armada.
Pero a la violencia responde el ladino con una violencia mayor. Y como es el más fuerte, triunfa. La victoria no lo hace generoso. Como escarmiento dicta represalias contra sus adversarios. Tales métodos no logran más que empeorar la situación.
Es un círculo vicioso que es preciso romper. Y la ruptura se inicia, puede advertirse ya, desde el campo indígena. En efecto, al elevar su nivel de ingresos, al preservar su salud y procurar su instrucción, se produce un aumento del aprecio que los indios se conceden a sí mismos, una mayor confianza en sus propias capacidades y una respuesta afirmativa al estímulo de competencia y superación. El ladino ya no se les aparece con el prestigio inalcanzable de vencedor y dueño natural, sino con la medida que sus defectos y cualidades dan a un hombre.
Mudanzas semejantes en los puntos de vista del indio, son observadas con recelo y aun con manifiesta hostilidad por los ladinos. El término "indio alzado" con que los llaman expresa, a la vez, su condenación y su alarma. Y significa que hasta el ladino aún no ha llegado, en forma eficaz, ninguna idea que ponga en crisis sus prejuicios ancestrales. Siguen comportándose con la misma soberbia del encomendero,
(p.6)
sin entender que sus pretensiones ya resultan anacrónicas y hasta (si se olvida el lado moral de la cuestión), ridículas.
Es inútil creer que se suprimirá el efecto si subsiste la causa. Los ladinos no consideran a los indios personas humanas acreedoras de respeto ni conciudadanos a quienes las leyes otorgan las mismas garantías y privilegios que al blanco exigiéndoles idénticas obligaciones. Un indio, para un ladino, es una cosa cuya calificación máxima se refiere a la utilidad. Y el menosprecio no es azaroso: corresponde exactamente a los intereses de los ladinos, a su concepción del mundo, a su valoración de lo humano.
Hay que hacer un examen de la conciencia del ladino; descomponerla en sus elementos, mostrar el mecanismo de su actos, descubrir sus puntos débiles y sus fallas. Es tarea de antropólogos, de sociólogos, de sicólogos. También es tarea de lingüistas, porque en el habla se delatan hábitos mentales, estados de ánimo colectivos, ambiciones recuerdos propósitos. El habla es el instrumento para medir la densidad cultural de un pueblo.
Nunca, antes de Susana Francis, se había intentado estudiar, con método y rigor científicos, el habla de San Cristóbal, la metrópoli ladina en la zona indígena de los altos de Chiapas.
Que tal estudio sea el primero no constituye su mérito mayor. Tiene otros: la amenidad; el estilo más que correcto, agradable; la vivaz presentación de los materiales.
En sus páginas hallamos un retrato de San Cristóbal en el momento en que comienza a despertar de su marasmo. A su alrededor los acontecimientos siguen un ritmo vertiginoso; si tienen un sentido, San Cristóbal no acierta aún a discernirlo y se enfrenta a ellos con una ambigua actitud de aceptación y rechazo. La ambigüedad es paralizante y San Cristóbal ni se deja arrastrar por los hechos exteriores ni opone a ellos más resistencia que la de un peso inerte.
La ciudad ha sido demasiado bien defendida por sus montañas; el aislamiento la hizo perder contacto con el mundo que los demás construyen y comparten. Tiene las manías de los seres solitarios: cree que sus opiniones, no sometidas al ácido corrosivo de la crítica ajena, son dogmas de validez universal; que sus costumbres, por antiguas, son eternas y por lo mismo forzosas. Que la gloria pretérita cubre su decadencia actual.
(p.7)
Con dificultad llegaron hasta San Cristóbal los caminos. Y llegó también el extranjero, el testigo molesto, el juez insobornable, el ojo que contempla con ironía.
Los siglos de incomunicación se perciben hasta en los más nimios detalles. En el habla, por ejemplo. ¡Cuántos arcaísmos, cuántos giros desusados ya hasta en el mismo lugar en que tuvieron su origen! Se abusa del diminutivo, se complica la frase, se escoge la palabra menos corriente. Es el estilo de los patrones —hasta el último de los ladinos
es patrón frente al indio— y están tan seguros de su fuerza, tan asentados en su poder, tan en posesión de sus derechos, que se permiten el lujo de parecer finos, de ser corteses, de ponerse un guante encima de la garra. ¿O este disimulo, este afán de fingirse inofensivos protege un punto neurálgico, enmascara un sentimiento de culpa por el ejercicio inmoderado de ese poder y esa fuerza?
Lo que sí. hay en la conciencia del ladino es terror; el terror ha dado vida a los monstruos que pueblan sus consejas: el Negro Cimarrón, la Yehualcihuatl, el Quebrantahuesos. Criaturas de la sombra, de la ignorancia y quién sabe si del remordimiento, existirán mientras San Cristóbal no se abra a los tiempos nuevos. Estos tiempos en que cada hombre, sea cualquiera su raza, su idioma, su condición, exige que se haga efectiva, tangible y operante la igualdad con los demás.
(p.8)
ROSARIO CASTELLANOS
Investigando la fecha de este documento, encontré la siguiente referencia:
FRANCIS, Susana: Habla y literatura popular en la antigua capital chiapaneca. 2ª ed. Tuxtla Gutiérrez, Chis., Talleres Gráficos del Estado, 1992. 127 pp. "Vocabulario", pp. 107-123. Trabajo ameno, con un vocabulario final excelente, sobre San Cristóbal de Las Casas, población secularmente aislada del resto del país, cuyo léxico se explica por el contacto con Guatemala. La primera edición es de 1960.
http://www.academia.org.mx/dicrefran/biblio.htm 2006-04-16
Esta citada esta obra en La bibliografía de Refranero mexicano. Herón Pérez Martínez. Academia Mexicana - Fondo de Cultura Económica, 2002; México.
El Refranero mexicano de la Academia Mexicana de la Lengua fue preparado por el académico Herón Pérez Martínez está en proceso de coedición con el Fondo de Cultura Económica. La versión interactiva permite recorrer todos los refranes del Índice de mexicanismos, ordenados alfabéticamente (Letras A...Z), con la ventaja de pasar con un clic a cualquier referencia bibliográfica (números entre paréntesis) de los documentos fuente donde se menciona cada refrán y sus variantes.
Puedes acceder en línea a esta versión interactiva, en:
http://www.academia.org.mx/dicrefran/DICAZ/a.htm#anchor1330754
Edición Digital realizada por el Maestro Alejandro Vera Ramirez,
Abril del 2006. San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

CAPÍTULO 1
SITUACIÓN ECONÓMICA Y GEOGRÁFICA
Susana Francis (1960)
Habla y Literatura popular en la antigua capital Chiapaneca.
INI. México.
SAN CRISTÓBAL ES EL CENTRO de la región más poblada de Chiapas y es también su centro geográfico, a pesar de lo cual sufre de un considerable atraso económico por la larga ausencia de vías de comunicación y por los pobres recursos naturales con que cuenta.
El municipio comprende, incluyendo San Felipe Ecatepec, unos 430 Km.2 situados entre 2,100 y 2,800 metros sobre el nivel del mar; a dieciséis grados, treinta y tres minutos de latitud, y a seis grados, veintisiete minutos, cuarenta y cuatro segundos de longitud.
Debido a su suelo montañoso las tierras de cultivo no son ni buenas ni abundantes. Se concreta su haber a unas diez hectáreas escasas. Los pastos son también de mala calidad. Pero en cambio sus bosques son abundantes y ricos en maderas preciosas y su oxígeno purifica el aire de la ciudad.
En plena zona tropical, el clima se encuentra grandemente modificado, siendo húmedo y frío en invierno y templado en primavera. Las lluvias del verano reintegran al valle los fríos y las nieblas invernales.
Cuenta además con ríos y manantiales de agua purísima como el Peje de Oro y La Almolonga. Este último surte de agua potable a la ciudad.
Por sus condiciones climatológicas y la bondad de sus aguas, San Cristóbal puede considerarse como un lugar naturalmente saneado. La naturaleza misma se encarga de ponerlo a salvo de epidemias y enfermedades que por la poca higiene de sus habitantes y la falta de instalaciones sanitarias, podrían sobrevenirles.
A pesar de sus desventajas geográficas tuvo en un tiempo gran auge económico debido a su privilegiada situación política; mas actualmente es un lugar venido a menos, empobrecido. Con la pérdida de su con-
(fin p.19)
dición de capital empezó su decadencia económica y aun social, pues las mejores familias emigraron casi en su totalidad. (Se calcula que de ellas quedó sólo un treinta y cinco por ciento). Las instituciones públicas, privadas y comerciales también cambiaron su residencia a Tuxtla, quedando casi exclusivamente las de carácter religioso.
El partido triunfador, al llevarse el poder, se llevó también materiales disponibles, con lo que se hundió más en la ruina la antigua capital.
La ventaja de ser el centro geográfico de la provincia la perdió al establecerse alrededor de Tuxtla mejores vías de comunicación, así la floreciente ciudad quedó aislada y decayó. Antiguamente había tenido bienestar y lujo; su aristócrata espíritu conservador aún se refleja en los actos de su vida. Los hombres de categoría vestían siempre de levita y las damas con trajes de ricas telas; en casa se usaban objetos importados de lejanos países al tiempo que se despreciaban las cosas del pueblo. En fin, toda esa vida provinciana de dignidad y pretensión de gran mundo, determinó que la ciudad quedara, después del naufragio, estacionada en el siglo diecinueve, sumida en sus recuerdos y en su orgullo, olvidada por los que la dejaron en el abandono.
Por otra parte, ya desde antes de estos acontecimientos San Cristóbal había vivido aislada sobre todo en lo que se refiere al resto del país, pues existen enormes macizos montañosos que con los antiguos métodos de transporte se hacían casi inaccesibles. Hasta los comienzos de este siglo, un viaje a la capital mexicana se hacía de la siguiente manera: a Villahermosa Tabasco, a caballo, dos o tres semanas; luego por mar hasta Veracruz y de allí, cuando lo hubo, en ferrocarril hasta el final.
En cambio, a Guatemala, el viaje tomaba pocos días, por lo que las relaciones con ella tenían que ser más estrechas, sobre todo durante el tiempo en que la Capitanía General a la que pertenecía la provincia de Chiapas, tenía su sede en Guatemala. Vemos por qué el habla chiapaneca tiene mayor semejanza con la centro y sudamericana que con la del resto de la República.
Fue hasta la época carrancista cuando empezó a tener contacto más efectivo con otros lugares, pues antes vivía en una independencia casi absoluta, al grado que poseía una economía cerrada como lo demuestra su sistema monetario: en medio de una vasta región que va desde Ocozingo a Comitán, circulaban monedas que no tenían ya uso en otro lugar; eran monedas desmonetizadas de Guatemala y demás Estados
(fin p.20)
de Centroamérica, así como antiguas monedas mexicanas, dinero que ya en Tuxtla no tenía aceptación y que en San Cristóbal adquiría un valor diferente al de su origen en virtud de la independencia de su uso.
De la República Unida del Centro de América (1824) se llevaron los reales, medios y cuartías, que siguieron usándose aquí por muchísimo tiempo. Había también tostones, que valían cuatro reales. Los cachucos eran pesos centroamericanos a los cuales se atribuía un valor de noventaicinco centavos, a éste le faltaba un medio para completar el valor del peso mexicano, el cual obtenía un dividendo de diez a quince centavos en cada inversión. En fin, que hasta este siglo se conservaron los llamados macacos, monedas de cuño primitivo usadas en época colonial.
Todo esto terminó durante el régimen obregonista (1920), tiempo en que se rompió el estrecho cerco de la economía sancristobalense y se introdujeron nuevos caminos.
Pero el espíritu aislacionista de San Cristóbal se manifiesta aún en multitud de aspectos de su vida, quizá porque los factores causantes no han desaparecido del todo. Así vemos que se conservan hasta la fecha, pesos y medidas de sistemas caducos: la cuartía, el almud, la fanega,
(fin p.21)
el quintal, el litro que en este caso significa doble decalitro, la libra, el galón, etc.
En cuanto a las medidas de longitud, se usan aún varas, gemes, cuartas. En el barrio de Mexicanos, donde hay gran número de familias dedicadas a la industria textil, no hay un solo tejedor que se guíe por el sistema métrico, aun cuando muchos lo conocen..
Como todavía viven en la ciudad muchas familias de antiguos terratenientes, verdaderos latifundistas que aún conservan propiedades en regiones aledañas, éstas que son de enormes proporciones, aún se miden por caballerías. Una caballería equivale a cuarenta y dos hectáreas.
A estas medidas se unen las de procedencia local, como en el caso de la panela que se vende por tapas. Cuatro tapas forman un atado, que equivale aproximadamente a un kilogramo.
En cuanto a la lengua, no puede extrañarnos, por tanto, la forma cómo se conservan los innumerables arcaísmos y modismos derivados de las viejas formas del español.
Adelantos técnicos no existen. La industria se reduce a la de los artesanos que trabajan dentro del limitado círculo familiar de sus propias casas y sin más ayuda que los tradicionales instrumentos de antiquísima invención, todo lo cual da por resultado una producción mí
(fin p.22)
nima y pobre en el aspecto económico, pero rica en cuanto se refierea relaciones familiares. Tomemos por ejemplo una de las muchas familias que en el barrio de Mexicanos se dedican a tejedores y tintoreros: la casa es pobre, como en todos los barrios, pero como el terreno no escasea, cuenta con un amplio patio. En éste vemos a todos los miembros de la familia ejecutando las distintas faenas del pequeño taller; los hijos mayores frente a los telares rústicos de madera en los cuales no sólo hay que desplegar habilidad, sino fuerza física; las muchachas devanando los hilos con ayuda de los niños que se encargan de mover la rueda de la devanadora; la madre se encarga por lo general de atender el contenido de las enormes vasijas de barro con el que se tiñen los hilos, casi siempre de azul negro; el padre prepara los telares combinando los hilos artísticamente y lieva además el control de los negocios.
Viven pobres, así vivieron sus padres,
(fin p.23)
saben que su hijos así vivirán, pero cubren sus reducidas necesidades y no ambicionan mucho más. Llevan una vida laboriosa y creativa, sin zozobras, y nunca miserable como los obreros de la gran ciudad
que trabajan sin estímulo en un negocio ajeno. Como vemos, la industrialización no podría hacer mucho por ellos.
La única verdadera industria que existe en San Cristóbal, monopolizada por el hombre más rico de los contornos, es la fabricación de aguardiente. Ese sí se produce en gran escala con métodos que permiten obtener el máximo rendimiento en cantidad.
En cuanto a los productos del suelo, los coletos dependen del indio. El maíz es aquí, como en todo México, el alimento básico, pero su cultivo es diferente, pues los indios conservan su antiguo procedimiento que consiste en no arar la tierra, sino que en ella practican agujeros para depositar la semilla que cubren empujando la tierra con el pie. Esto ha ayudado a preservar de la erosión el suelo cultivable. Los ladinos sí adoptan el procedimiento común, aplicando su propio vocabulario: se hace la rozadura o tirar monte, para lo cual se hace a veces necesario chaporrear la maleza, después se ara y siembra, ya crecida la milpa se calza, más tarde se dobla, después se rastrojea y por fin, las mazorcas se majan. Existen otros cultivos, como el de los árboles frutales, pero ninguno de verdadera importancia.
El turismo extranjero empieza a introducir sus tentáculos, mas hasta hoy no constituye una fuente normal de ingresos.
Por lo tanto, podemos decir que la economía de San Cristóbal es bastante pobre y limitada, y que la frase "recuperación económica" no tiene ningún sentido para los coletos si no va unida a la hoy día muy difícil, recuperación política y social.
(fin p.24)
FRANCIS, Susana (1960) HABLA Y LITERATURA POPULAR EN LA ANTIGUA CAPITAL CHIAPANECA. Instituto Nacional Indigenista (INI). México. Prologo de Rosario Castellanos. Tomo 3 de la Biblioteca de Folklore Indígena. Capítulo 1. Pp. 19-24. Primera Edición.
|
Edición digital: Mtro. Alejandro Vera, Abril del 2006.

CAPITULO 2
PANORAMA HISTÓRICO
Susana Francis (1960)
Habla y Literatura popular en la antigua capital Chiapaneca.
INI. México.
LA CONQUISTA ESPAÑOLA del territorio chiapaneco se inició con la expedición enviada por Cortés al mando del capitán Luis Marín, que partió de Guatzacoalcos en febrero de 1524, a través de espesas selvas y difíciles caminos pantanosos.
El año anterior Pedro de Alvarado había consumado la conquista de Guatemala y apenas tres años antes La Gran Tenochtitlán había sido sojuzgada por Hernán Cortés. La posesión de las Chiapas se hacía indispensable para asegurar una vía de comunicación pacífica entre la provincia de Guatemala y la Nueva España. Pero la empresa no parecía fácil. Las diferentes tribus chiapanecas eran reconocidas por su bravura y su amor a la libertad. Estos grupos indígenas estaban formados por los chiapas o zoctones, los quelenes, los zoques, los lacandones, los mames y los choles, de los cuales sólo los primeros se cree que hayan sido inmigrantes, aun cuando eran los dominadores de la región. A los demás se les considera autóctonos, pertenecientes a la familia maya quiche. De todos ellos, los chiapas eran los más importantes, tanto por haber fundado el reino más representativo del territorio, como por la mayor oposición que ofrecían al conquistador.
Su ciudad, llamada Zoctón Nandalumí, era limpia, amplia y bella. Según Bernal Díaz del Castillo, "... sus moradas estaban alineadas en buen concierto y en ellas había cabida para más de cuatro mil moradores".1 Fray Alonso Ponce en 1586 hablaba de ellos: ". . . eran gente nada vulgar que formaba un pueblo grande e importante". Los españoles, en mucho menor número, no hubieran podido vencerlos a no ser por la ayuda que las tribus rivales aportaron. ASÍ fueron sometidos después de durísimo encuentro en Ixtapa.
(p.27)
Pero la victoria de Marín no fue definitiva, pues no bien salieron de allí los vencedores, los chiapas desconocieron la obediencia prometida al rey de España. Fue necesaria entonces una segunda expedición que partió esta vez al mando de Diego de Mazariegos, en enero de 1527.
Los españoles, como cuando conquistaron México, se sirvieron de aliados indígenas, contando en esta ocasión con os ejercitos de mexicanos y tlaxcaltecas, que fueron además utilizados para colonizar la ciudad que se habría de establecer a raíz de la victoria.
La nueva batalla se libró en las cercanías de un lugar hoy llamado Sumidero, formado por acantilados de más de quinientos metros de altura, por donde se precipita el Río Grande o de Chiapa. Los zoctones se defendieron desesperadamente por varios días ". . . hasta que no pudieron levantar los brazos y viéndose perdidos, con sus mujeres e hijos se despeñaron por la parte del río que es altísima y allí perecieron, que de muchos que eran quedaron pocos más de dos mil".2
Entonces Mazariegos, para perpetuar su victoria, fundó a la orilla del río, cerca de la vencida Zoctón Nandalumí la Villa Real de Chiapa, el primero de marzo de 1528.
La intención de sus fundadores fue permanecer en la villa para iniciar la colonización de esos lugares, mas el clima excesivamente cálido les obligó a buscar refugio en otras partes altas.
En aquella zona las montañas son numerosas y alcanzan alturas considerables, así que a cortas distancias podemos encontrar climas completamente diversos. Caminando hacia el sur, sobre la sierra, los conquistadores encontraron, a unos 8o Km. de la Villa de Chiapa, un hermoso valle de altura llamado Jovel (lugar donde crece el zacate), que en lengua azteca se llamó Hueizacatlán, donde encontraron las condiciones ideales para fundar la ciudad que definitivamente los pudiera albergar.
(p.28)
La nueva población se fundó el 31 de marzo de 1528, con el nombre de Villa Real de Chiapa de los Españoles, pues para ellos fue reservada, en tanto que la anterior lo fue para los indios y se le nombró Villa Real de Chiapa de los Indios, hoy Chiapa de Corzo.
No había entre los pueblos aborígenes unidad política, la conquista vino a unirlos a todos bajo la misma condición de subyugados. Mazariegos formó la nueva provincia de Chiapas y en ella incluyó a todos esos grupos indígenas bajo la dependencia de la Nueva España. Dejó de depender de ella cuando se creó, por las Ordenanzas de Barcelona, la Audiencia de los Confines, el 20 de noviembre de 1542, a la que fue incorporada la provincia de Chiapas con otras de Centro América.
De 1565 a 1569 estuvo bajo la jurisdicción de la Nueva España otra vez, y en ese mismo año pasó a la Audiencia de Guatemala, bajo cuya dependencia permaneció hasta 1821, fecha en la que empezó su vida independiente.
El nombre de la Villa sufrió una larga serie .de cambios que es curioso anotar. El primero fue en fecha reciente a su fundación: julio de 1529, cuando Juan Enrique de Guzmán, juez de residencia de Mazariegos, por odio a él, le mudó el nombre llamándola Villa Viciosa.
Poco después se cambió por el de San Cristóbal de los Llanos por llamarse el alcalde mayor Cristóbal de Comentes. En 1536, por cédula real, en memoria de su fundador que era natural de Ciudad Real en la región de la Mancha, se le dio el nombre de Ciudad Real, y así se le llamó hasta que, por decreto del Congreso del Estado ya independiente,
se le dio nuevamente el nombre de San Cristóbal aumentándole De las Casas en memoria de su obispo benefactor, el 27 de julio de 1829.
El escudo de Chiapas proviene de la remota fecha del año de 1535, cuando fue concedido por la corona española a la entonces Villa de San Cristóbal de los Llanos, como recompensa a los trabajos pasados para la pacificación de la provincia. La grieta del Sumidero fue escogida por los españoles como emblema de su victoria y puesta en primer plano; lleva también un castillo de oro, una palma verde y dos leones rampantes sobre un campo colorado.
La vida de la ciudad, con excepción de las sublevaciones de indios que esporádicamente la sacudieron, transcurrió siempre plácida y tranquila en tiempos de la colonia. A la vez fue la sede de un intenso trabajo cultural, ya que los sancristobalenses contaron, a más del re
(p.29)
cogimiento propicio para el desarrollo del espíritu, con una universidad,la quinta por su fundación en América.Allí también se estableció la residencia del obispo, de la curia y cabildo eclesiástico.
Esto en lo que se refiere a los colonizadosres, porque en cuanto a los naturales, el retraso total a que fueron sometidos los alejó cada vez más de la civilización.
En la Villa Real de Chiapa de los Indios sí hubo grupos de misioneros que cumplieron con el cristianismo que predicaban, por lo tanto, los indios progresaron y se incorporaron a la nueva cultura.
No sucedió así en los pueblos dominados por los encomenderos de San Cristóbal, que forzaron a los indios a dar su fuerza física como bestias, sumiéndolos en la condición de tales. Esto produjo grupos de hombres incultos, desconfiados y resentidos, extraños hasta hoy día a la nación de la cual son parte.
Baste saber que los encomenderos se hacían llamar por ellos, masánchu, nombre que en su lengua significa hijo del sol, lo que equivale a hijo de Dios, ya que el sol era su deidad principal. Y por tales pretendían hacerse venerar, al grado de que los frailes bien intencionados que acudieron a auxiliar a los encomenderos en sus teóricos deberes de evangelización, encontraron gran oposición de parte de éstos, quienes se ofendían sin reserva de la actitud cristiana que pretendía Por consecuencia, aunque a raíz
(30)
de la conquista los indios sometidos empezaron a llamarse cristianos, no lo eran en realidad, como no lo han llegado a ser hasta ahora.
Muy poco a poco abandonaron sus ídolos, forzadamente; en el siglo XVIII los dominicos consumaron la tarea de destruirlos.
Es interesante anotar que en el siglo XVIII era común encontrar siervos por deudas, entre estos indios.
La independencia poco o nada les trajo de bueno. Han permanecido ignorados excepto para su explotación, hasta fechas muy recientes, en que el Gobierno Federal ha emprendido la tarea de reincorporarlos a la familia mexicana, como parte que son de ella.
Con todas estas cosas, no debe sorprendernos encontrar a la ciudad de San Cristóbal de las Casas, rodeada de una verdadera patria extraña y anacrónica; una esfera de más de veinticinco mil almas que gira alrededor de su centro que es la ciudad, pero sin mezclarse nunca a él ni entenderlo.
SAN CRISTÓBAL COMO ENTIDAD POLÍTICA
San Cristóbal fue originalmente la cabeza de toda la provincia de Chiapas, pero su poder político se vio amenguado hasta verse relegada a la ciudad de segundo orden que es en la actualidad.
En 1768 se ordenó la división de la entonces Ciudad Real, en dos alcaldías De este modo se formó Tuxtla. La población total de ambas era de 67,000 habitantes, de los cuales 52,800 eran españoles o descendientes de raza pura. Sin embargo, Ciudad Real conservó su puesto como cabeza de la provincia durante toda la época colonial, sólo hasta la época independiente empezó a disputársele este privilegio, principalmente por razones políticas.
El triunfo de la guerra de independencia en México repercutió en Chiapas inmediatamente: el 3 de septiembre de 1821, Ciudad Real declaró su independencia de España y al mismo tiempo, su adhesión al Plan de Iguala proclamado por Iturbide. Poco a poco lo hicieron asi todas las ciudades chiapanecas que se unieron para mandar un comisionado a la Capital Mexicana para que gestionara su agregación al país.
(31)
El Imperio Mexicano declaró a la provincia incorporada el 16 de enero de 1822, pero pronto surgieron dificultades, pues la caída de Iturbide liberó a Chiapas de su voluntario compromiso. Al recuperar Chiapas su soberanía creó una Junta Suprema para decidir libremente su destino, la cual fue disuelta por el gobierno de México. Ante este acto se levantó la indignación de los chiapanecos que se quejaron de intervención en sus asuntos internos. Esta fue la causa que motivó un levantamiento contra Ciudad Real, controlada por el gobierno mexicano, de parte de Tuxtla y Comitán que enarbolaban el lema: "Chiapa libre, o la muerte", movimiento que resultó triunfante, por lo que se restableció la Junta Suprema y se formó nuevo ayuntamiento.
En 1826, México expidió un decreto que dejaba en libertad a la provincia para permanecer libre o agregarse a México o a Guatemala.
El ayuntamiento de Ciudad Real era partidario de la adhesión a México e influyó en el ánimo de otros pueblos para proceder en este sentido, así que el 14 de septiembre de 1824, se verificó la solemne declaración de su unión definitiva a la República Mexicana.
La nueva ciudad mexicana se llamó, como dijimos, San Cristóbal de las Casas.
La vida del nuevo Estado no fue del todo pacífica. Ya desde el comienzo del siglo la Iglesia sufrió las consecuencias de la vida tempestuosa del país, al aparecer las primeras rebeldías populares contra el poder secular, que había abandonado las labores docentes para ocuparse en polémicas poco constructivas. Las diferencias habidas entre liberales y conservadores determinaron el traslado de la capital a Tuxtla.
La primera vez que los poderes fueron llevados allá, fue en 1933, por Joaquín Miguel Gutiérrez, cuyo nombre iría más tarde unido al de Tuxtla; pero poco después fueron regresados.
Esto volvió a acontecer debido siempre a pugnas irreconciliables entre liberales y conservadores, hasta que en 1892 el poder fue definitivamente llevado a Tuxtla.
(p.32)
FORMACIÓN DE LOS BARRIOS
En un principio la ciudad se reducía prácticamente al primer cuadro. El trazo corresponde al de todas las ciudades que los españoles fundaron en la Colonia y estuvo reservada para los europeos. Los barrios que se formaron estaban, en realidad, extramuros. Fue en época posterior cuando el natural crecimiento de población empujó las fronteras de los prejuicios hasta unir el corazón de la ciudad con sus miembros dispersos.
Los barrios se formaron en muy distintas épocas y por diferentes motivos. Uno de ellos, El Cerrillo, se formó con familias chiapanecas al amparo de monjes dominicos. Su estancia no fue del todo voluntaria, pues se les marcaba para evitar que huyeran, hasta que el rey de España, por intervención del obispo Casillas, los manumitió. La ocupación de sus habitantes es la herrería.
Cuxtitali es el barrio del habla más típica, tanto por su acento, como por sus giros del lenguaje que evocan, de manera notable, el español del siglo xvii. Se formó con familias nahoas traídas por los conquistadores, pero posteriormente debe haber habido infiltraciones de elementos de raza quitché, ya que es el tipo que predomina. Se dedican
principalmente a la matanza de cerdos; los hombres proveen el ganado y las mujeres lo benefician.
También los barrios de San Antonio y San Diego se dedican a matanceros. Ambos se formaron de manera espontánea, alrededor de un molino.
Santa Lucía surgió en los contornos de su hospital. Sus habitantes se dedican a la albañilería y son conocidos con el mote de "las ranas".
San Francisco se formó con las familias que fueron buscando amparo en la cofradía de franciscanos fundada en 1580.
San Ramón es un barrio dedicado a la alfarería.
El barrio de Guadalupe era la frontera entre dos barrios, en la cual se formó una avenida que va del centro hasta la iglesia de Guadalupe, de relativa reciente construcción, calle en la que se han instalado los comerciantes que efectúan el intercambio entre los indios.
El barrio de Santa Cruz, también conocido como Ojo de Agua, fue fundado hace unos doscientos años por comerciantes ladinos, junto a
(p.34)
un manantial llamado por los indios Moshviquil, que quiere decir "tripa de gato", debido a que del "exbanal" (centro del agua) salía un gato que era el "yahual" (dueño del agua), el cual fue encontrado una ocasión, muerto y destripado.
A los ladinos no les gusta ese nombre, por lo que le llaman Ojo de Agua. Le agregan Santa Cruz por ser éste el nombre de la capilla que les da motivo para la celebración de su fiesta anual. Sus habitantes son ladinos, pero viven también unas familias indígenas que se incorporaron en 1949.
A los de La Merced les dicen "los triperos".
Por último están los barrios de Mexicanos y Tlaxcaltecas que recuerdan el origen de sus fundadores, los realizadores de la conquista de Chiapas. La industria textil es atendida por familias del barrio de Mexicanos, cuyos moradores reciben el cobrenombre de "brujos".
Ahora recordemos el origen de los colonizadores españoles que forman el elemento más importante en la constitución del habla local.
No se cree que hayan provenido de la misma región de España. Fueron en un principio, aventureros salidos del bajo pueblo en busca de fortuna, ". . . la excepción entre ellos fue el letrado, eran de una ignorancia extrema aliada al fanatismo religioso".3
Con los misioneros entró la cultura, pero es indudable que en tiempos posteriores no se limitó a ellos, pues las instituciones culturales habidas hablan de una inmigración más se1ecta y del cuidado que los residentes mostraron en el cultivo del espíritu, del cual, es probable que haya sido privada la mujer.
Todo este panorama ha cambiado mucho en la actualidad.
La población ha aumentado en Tuxtla Gutiérrez conforme ha crecido su importancia, en tanto que ha disminuido en San Cristóbal por la opuesta razón.
BIBLIOGRAFÍA
1 DÍAZ DEL CASTILLO, BERNAL. Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva Es-
paña. México, 1904.
2 REMESAL, FR. ANTONIO. Historia General de las Indias Occidentales. Guatemala, 1932.
3 BLANCO FOMBONA, RUFINO. El Conquistador Español del S. xvi. Madrid, 1921.
(p. 35)
FRANCIS, Susana (1960) HABLA Y LITERATURA POPULAR EN LA ANTIGUA CAPITAL CHIAPANECA. Instituto Nacional Indigenista (INI). México. Prologo de Rosario Castellanos. Tomo 3 de la Biblioteca de Folklore Indígena. Capítulo 2. Pp. 27-35. Primera Edición.
|
Edición digital: Mtro. Alejandro Vera, Abril del 2006.

CAPITULO 3
LA VIDA COTIDIANA
Susana Francis (1960)
Habla y Literatura popular en la antigua capital Chiapaneca.
INI. México.
LA VIDA EN San Cristóbal las Casas aparece, a los ojos del extraño, un poco exótica y fuera de época.
La ciudad es agradable, sencilla, de corte colonial provinciano. No hay construcciones ostentosas. Sus calles son a trechos empedradas y a trechos de tierra suelta. Sus fachadas modestas, muestran poco de la amplia belleza de sus patios y de la grandeza que recuerdan sus interiores.
Todo esto rodeado de montañas verdinegras.
Amanece la ciudad en medio de una callada multitud de indígenas que antes que el sol, empiezan a llegar. Toda la mañana seguirán bajando más y más de los montes, para al atardecer, emprender la marcha del regreso. Vienen a vender sus productos variadísimos, así como a comprar lo que han menester, pues no tienen otro centro comercial.
En todos los rumbos, pero sobre todo en el mercado, el movimiento es grande y a la vez, pintoresco, pues sus trajes y aspectos diversos nos hablan elocuentemente de sus pueblos: aquellos de Zinacantan son aseados, de coleras blancas menudamente rayadas de rojo y cintas de colores en el sombrero; ellos nos dicen que su pueblo es refinado y progresista, en tanto que los huixtecos nos muestran que su tierra es pobre y ellos indolentes, pues su ropa es sucia y remendada hasta la exageración; se les tiene por haraganes. Los chamulas en cambio, forman un pueblo laborioso y fuerte; usan chamarros blancos para los días ordinarios, los cuales casi siempre están manchados con el barro de su labor, y en las festividades usan chamarros negrísimos y listones multicolores en el sombrero; en los pies, caites de dura suela para resistir sus prolongadas caminatas; gozan fama de ser en todo primorosos
(P.39)
y nada teperetados. Las indias van también con chamarros y huípiles que las hacen distinguirse de pueblo a pueblo, lo mismo que los justanes de lana o pesado algodón. En fin, cada uno ha de comprar y vender distintas cosas, bien pocas por cierto, pero que en conjunto nutren la arteria principal de la vida de San Cristóbal. Desde temprano van a encontrarles las atajadoras, que revenderán a otros indios y a los sancristobalenses, sus productos. La calle de Guadalupe está íntegramente dedicada a establecimientos que realizan el intercambio directo. Traen .productos de la tierra como tzitzis,
(p.40)
chininis, tzilacas, tzoles y productos de su fabricación como rústicas guitarras, violines, arpas, cajetes, apástes, etc. Así mismo, los artesanos (únicos industriales de la región) están dedicados a fabricar lo que aquéllos consumen y no producen: efectos de talabartería, hojalatería, telas y confecciones, morrales, garniles, guruperas, jáquimas, falsías, candela, panela y tantas más.
La industria indígena tiene miras mucho más reducidas, ya que sólo produce lo que han de consumir ellos mismos o indios de otros pueblos vecinos. No obstante ser el sostén de la vida sancristobalense, los indios son despreciados y tenidos en poco. Ningún coleto permite ser visto usando los mismos objetos que los indígenas y les causa risa mirar que los fuereños lo hacen.
En el mercado, a pesar del intenso tráfico, no encontramos cosas traídas de lejanos lugares, por lo que hay poca variedad. Sin embargo, la vista se recrea en los puestos de fruta repletos de granadías, cirgüelas, piñuelos, corozos, sandillas, jocotes, etc. También vemos vainÍas, palmito o shihuac, manía, jonguillos, repollos y otros vegetales.
Por supuesto el regateo es casi de rigor y es común oír diálogos así:
— ¿Son baratas estas tus manzanías vos?
— Son.
— ¿Cómo las vendes?
—Tostón la cuartía.
— ¡Ah, no!
—Mira que stán galanas.
—Están, pero vos las debes vender más baratías.
—Vos sos que lo debes comprarlo ansí, marchantía.
Hacia el mediodía las fondas que rodean la plaza aunan su olores a la voz de la comidera:
— ¡Vení a comer!
A mis espaldas escucho una voz que responde:
—Jasta luego, voy hacer una hambrita.
—¡Adió pué!
Esta última expresión es lanzada en tono de cierta burla como diciendo: ¡Válgame Dios!
(p.41)
Mientras tanto, la tentación me divide entre las chalupas que crujen en el tenamaxtle y el, tachilhuil coloreado de achiote que en jicalpestles ofrecen mujeres sentadas en la acera.
En la rústica fonda, cuyo piso se halla tapizado de olorosa juncia, un grupo de zinacantecos comen sendos tazones de caldo en los que se distingue la cuesa, el repollo y le camotío.
La risueña fondera me sale al encuentro:
—Decime, ¿qué queros?
—Una borcelana de caldo.
— ¿Con presa?
— ¿Es buena?
—Ay lo va usté a ver. Váyaselo usté a sentar.
Después de un rato platicamos como antiguas conocidas. Sabe que soy forastera y extrema su amabilidad conmigo, a la vez que deja traslucir su curiosidad como casi todos en la ciudad.
— ¿Ya usté ha ido nel centro? -—me interroga.
— Sí.
—-Y ¿onde va usté a posar?
(p.42)
—En La Cabaña.
—¿La Cabaña? Lo conozco.
Y así prosigue documentándome con vivos ejemplos del habla regional:
—Tiene seis años que vivo aquí. De primero no quería poner esta mi fonda. ¡Qué tal que me va mal!, pensaba. Pero mi marido murió, ¡ánima santa!, y pedí favor mi suegro... Y ay me tiene usté, todo tiempo detrás del lumbre.
La interrumpo para pedirle una servilleta.
— ¿Servilleta? ¡Ah güeno! Oyí vos, pichito, vení pa'ca, decí la Teresa que te de un pañuelo, ¡apúrate vos, pué!
Más tarde me despido con la formal promesa de volver.
—Lo vamos a verlo —me responde—. Los días domingo hago
nólochis, patzitos, toncotzis...
—Adiós pué. —Le digo siguiendo el uso.
La mayoría de los indios no come en las fondas. Llevan ellos mismos su almuerzo que toman sentados en los quicios y en los prados del parque. Cortan trozos de pozol y lo deslíen dentro de un guacal,
(P.43)
en agua que toman de las pilitas o de la que ellos mismos llevan en un tecomate atado a la cintura. Poquísimos de ellos hablan "castilla*', y los que lo hacen tienen un acento extraño, porque es idioma que aprendieron tardíamente. Como a los coletos les es muy necesario comunicarse con ellos, casi todos hablan "lengua", principalmente los comerciantes, aun los pocos de origen extranjero que radican allá, por lo que casi todas las transacciones se llevan a efecto en tal idioma.
(Lejos, en sus iglesias, también usan los indígenas su propia lengua para comunicarse en alta voz con sus santos, y es entonces cuando se aprecia mejor la cadencia de sus palabras. Usan prolongados monólogos con la deidad, en los que a menudo lloran, cantan y hasta toman "trago", en medio de un piadoso recogimiento y con visible, sincera emoción)
Al anunciarse el atardecer, esos personajes empiezan a hacer (p. 44) mutis en el escenario de San Cristóbal. Largas serán sus caminatas de regreso a sus parajes, entre montañas y caminos polvosos. Pero es probable que en mucho tiempo no necesiten volver a la ciudad. De todos modos, la mañana siguiente traerá a otro grupo semejante que nutrirá la vida cotidiana, cuyo número depende de la época y de las festividades que se celebren.
Cada municipio indígena constituye el centro político de un grupo que vive diseminado en "parajes"; en él se reúnen todos sus miembros los días de la fiesta que es generalmente el día en que se conmemora al santo patrono de la iglesia. A estas celebraciones acuden sólo indígenas y uno que otro turista norteamericano; los sancristo
balenses, nunca.
Actualmente los municipios que dependen de San Cristóbal son: Zinacantan, San Felipe Ecatepec, Chamula, Huixtán, Magdalena, San Andrés, San Miguel Mitontic, Sta. Marta, Santiago, San Pedro Chenaló, todos ellos Tzotziles; zeltales son los municipios de Chanal, Tenejapa, Teopixca, Amatenango y Nuevo León.
Como se ve, el área de influencia de San Cristóbal es amplísima, comprende casi veinticinco mil almas, indígenas la enorme mayoría.
Los habitantes de esta ciudad, a pesar de la infiltración que por siglos ha habido, de razas y de costumbres, han conservado sus características raciales españolas y sus rancias costumbres no exentas de mojigatería, pero creo que a pesar de la resistencia opuesta, también los pueblos indígenas han ejercido su influencia en la formación del ha
bla que nos ocupa.
A su modo, también los aborígenes han tratado de resistir la fuerza españolizante y tampoco ellos participan en las celebraciones ladinas.
Las fiestas de la ciudad, que por turnos se celebran en cada uno de los barrios, tienen íntima relación con la iglesia. En medio de la feria popular, la devoción se extrema.
La víspera de la celebración, a las cuatro de la mañana, tiene lugar la Misa de Rompimiento. Ese mismo día, al anochecer la música irrumpirá alegremente en la monotonía de las noches lugareñas para tocar los maitines. Después vendrá la fiesta popular con gran acompañamiento (p.45) de "bolos" y vendedores de golosinas, fuegos de artificio, música. . . Cantantes solos o en grupos van y vienen complaciendo a todos, entrelazando unos y otros sus melodías. Vienen de tierras donde la risa es tal vez más espontánea e impregnan el ambiente de una algarabía desusada, en medio de la cual, los sancristobalenses no llegan a perder completamente su aire reservado.
La fabricación de dulces y confites tiene aquí insospechado interés. Como las otras industrias, es hecha en mínima escala dentro del marco casero, ocupando a todos los miembros de la familia que heredan unos a otros sus conocimientos y sistemas. En las fiestas, lo mejor de esto se exhibe en innumerables puestos vistosamente colocados. En ellos vemos: alfeñiques, acitrones, "chimbos", "cajetías", empanizados, nuégados, trompadas. . ., sin faltar la fruta "curtida en mistela", que es lo más preciado de la serie, y la fruta cristalizada en azúcar. De costumbre el pan también luce su variedad. Hay "semitías", "batidos", "turuletes", "panfranceses", "tártaros" y otros más.
En estas ocasiones, los "trépetemicos" colman el entusiasmo de los muchachos sin dejar de ser entretenimiento de los mayores.
Pero las fiestas acaban y pronto los días vuelven a la normalidad y las noches a su calma silenciosa. Como no hay en las calles más alumbrado que el de las estrellas, y los nublados abundan, la oscuridad es casi completa cuando no hay luna. Esto, además del carácter recogido de los habitantes y lo accidentado del piso de las banquetas, hacen que reíne en el Poblado el silencio y la soledad tan pronto como desaparece el sol.
A esa misma hora en Tuxtla Gutierrez y otros lugares cercanos de tierra caliente podríamos decir que la tertulia popular empieza. Hay música en la (p.46) plaza central, alumbrado público y muchachas de vestidos ligeros que alegran el Paseo. Los coletos, que en el fondo cultivan un velado resentimiento contra los tuxtlecos, abominan de esa costumbre impúdica de festejarse cada noche, y dan la impresión de querer establecer tal furioso contraste.
En días ordinarios no se oye más música en San Cristóbal que la escapada del acordeón de algún errante chamula tocando invariablemente el bolonchon, y en escasas ocasiones alguna murguita dominguera cuya música, más que la expresión de la alegrìa popular, parece ser, un sacudimiento de la tristeza. Por supuesto que aquí tampoco falta una sinfonola que desde la "nievería" del parque atente contra la integridad de los oídos, muy pocas veces, por suerte. Las diversiones son más que pocas: un solo cine, ningún teatro y no puedo recordar nada más aparte de la cantina.
Instituciones educativas son afortunadamente más: tres escuelas secundarias, una preparatoria, la escuela de leyes (que tiene cada vez menos alumnos), la Escuela Normal y el seminario de la Iglesia Católica. Los hijos de buenas familias van a otras ciudades a terminar sus estudios tal como muchos vinieron en otro tiempo de Tabasco y otros sitios a estudiar a la Universidad Literaria de San Cristóbal.
En cuanto a publicaciones, sólo aparece un diario de cuatro páginas con la síntesis de noticias relacionadas con la vida de la localidad. Los periódicos capitalinos llegan allá con un retraso de veinticuatro horas o más.
Pero en cambio la cocina florece con deliciosos platillos que hacen (p.47) gala de tradición.
Entre ellos podemos gustar la carne quijote, que es un guiso de carne de res y puerco cocida, picada y condimentada con especias, verdura y tomate, espesada con pan molido y guineos. La fabricación de Jamones, tocinos, butifarras y "morcías", es completamente del dominio popular. Tenemos entonces que la comida y la bebida son de las pocas cosas que sirven de regalo a los sancristobalenses; pero hay además ciertas fechas que dan pretexto para regocijarse en la intimidad de la familia: la nacida, la sentada y la levantada del Niño Dios. En casi todas las casas hay un altar dedicado permanentemente al santo de la devoción familiar; en él se coloca al Niño rodeado de pastóritas y adornado todo con sartas de fruta y juncia durante la época de Navidad y allí permanece hasta un día cercano a La Candelaria; ese día se riega el piso de nueva juncia, se lanzan cohetes y se bebe en compañía de amigos, para finalmente colocar a la imagen en su marconichó. Y así otra ocasión de alegrarse no faltará: el onomástico del padre, un casamiento, etc. Pero más que alegría, quizá sólo sea un bostezo entre la rutina,... ¡un sacudimiento de la tristeza! (p.48)
FRANCIS, Susana (1960) HABLA Y LITERATURA POPULAR EN LA ANTIGUA CAPITAL CHIAPANECA. Instituto Nacional Indigenista (INI). México. Prologo de Rosario Castellanos. Tomo 3 de la Biblioteca de Folklore Indígena. Capitulo III. Pp. 39-48. Primera Edición.
|
Edición digital: Mtro. Alejandro Vera, Abril del 2006.

CAPITULO IV (fragmento)
LEYENDAS TRADICIONES, SUPERSTICIONES Y CONSEJAS
Susana Francis (1960)
Habla y Literatura popular en la antigua capital Chiapaneca.
INI. México.
SUPERSTICIONES Y CONSEJAS
EL ZOCH (Buho)
ESTA SUPERSTICIÓN VA unida a un animal que ha'conservado su nombre indígena.
El zoch o zochi es un ave de mal agüero, pues anuncia la muerte de algún enfermo.
Se dice que gozando este de repentina mejoría, se escucha al zochi gritar desde el "copete" de la casa. A partir de ese momento la enfermedad se agrava, y el paciente muere irremediablemente cuatro o cinco días después.
LOS POSHLONES
SOBRE LAS FALDAS de los cerros que rodean la ciudad de San Cristóbal se afirma que pueden verse en ocasiones, bolas de fuego subir y bajar alternadamente. Cada bola representa un brujo o poshlón que trata de mostrar a sus rivales su superioridad.
Cuando los poshiones se pulsan, pueden .verse dos esferas luminosas.
subir y bajar durante algunos minutos, hasta que alguno de ellos queda en el aire y el otro cae vencido definitivamente.
EL NAHUAL
ENTRE LOS TZOTZILES existe la creencia de que hay una dualidad espiritual que supone la existencia de dos almas en el hombre: "una el chulel, que encarna a un animal que vive en el monte;"1a" otra, "el"'anima, permanece en el cuerpo y va a parar al Olontic cuando' el hombre muere".1
Este concepto de dualidad existe en casi todo el país con el nombre de nahual y es el más ampliamente conocido y arraigado de los conceptos prehispánicos.2
Entre los zapotecas se conoce con el nombre de "tono". Hernando Ruiz de Alarcón explica de este modo su origen: "Cuando
(p.62)
el niño nace, el demonio, por el pacto expreso o tácito que sus padres tienen con él, le dedica o sujeta al animal que el dicho niño ha de tener por nahual, que es como decir por dueño de su natividad y señor de sus acciones... y en virtud de ese pacto, queda el niño sujeto a todos los peligros y trabajos que padeciera el animal hasta la muerte. Y al
contrario, hace el demonio que el animal obedezca siempre al mandato del niño, o bien el mismo demonio, usando del animal como instrumento, lo ejecuta".3
Pues bien, esta creencia vive latente entre el pueblo sancristobalense y da origen a constantes relatos como los que a continuación transcribo:
Los moradores del barrio de Mexicanos reciben el apodo de "Los Brujos". Alguna verdad ha de encerrar este nombre.
Sucedió hace poco tiempo (las personas de la presente generación dicen haberlo presenciado) que una mujer de nombre María Luisa, Anima Santa, se dedicó en vida a las prácticas de brujería realizando hazañas conocidas de todos los vecinos.
Su nahual era una vaca y esto lo sabía ella, lo cual aprovechaba para tomar su forma por las noches. Encarnada en el cuerpo del animal, su alma salía a retozar por las callejuelas del barrio, que debido a la hora, estaban solitarias y lúgubres. No obstante, algunos trasnochadores solían pasar; entonces la vaca que correteaba sin descanso, los salpicaba
con su estiércol. Al que tal sucedía, podía considerarse perdido, pues extrañas dolencias le aquejarían desde entonces.
En el día esta mujer parecía pacífica e inocente, pero recordaba sus transmigraciones noctámbulas en la forma de atar sus gruesas trenzas alrededor de su cabeza sobre la que dejaba erectas las puntas, a modo de pronunciados cuernos de vaca.
Cuentan de cierta persona, también del barrio de Mexicanos, que cuando era niña enfermó una vez gravemente. A ojos vistas decaía y sus familiares empezaron a temer un triste desenlace.
Alguien observó que en el corral había una joven polluela que languidecía al igual que la pequeña. La asociación de los hechos pareció de pronto cosa muy natural. ¡Ésa debía ser sin duda el nahuaí de la enfermita!
Establecida la causa, los cuidados y mimos fueron entonces reportados al ave, que poco a poco fue sanando.
(p.63)
A nadie extrañó, por tanto, que al curarse el animal, se repusiera de sus males la niña.
Corrían unos chiquillos por el Camino Real de Tlaxcaltecas cuando acertaron a ver una ardilla que subía a refugiarse en un árbol. Los muchachos decidieron cazar al animal y para el efecto se armaron de hondas y piedras. Pronto se afanaron todos en la tarea de arrojarlas harta tirar del árbol al indefenso animal, que al poco tiempo caía muerto,
horriblemente desangrado.
Al día siguiente supieron que cerca del lugar de los hechos, una anciana mujer había muerto en su choza, lapidada.
Nunca nadie supo el nombre de los asesinos ni los detalles del crimen.
En cierta ocasión cayó un anímalejo del campo en una trampa puesta con ese objeto. Unos muchachos que pasaban por el lugar, vieron cómo el animal, vivo aún, se martirizaba tratando de zafarse de los herrajes que lo apresaban. Se apresuraron a decírselo al dueño, mas al pasar por las calles del poblado supieron que una mujer había caído repentinamente enferma, atacada de atroces sufrimientos. Los chicos
contaron lo que habían visto y todos notaron la semejanza entre la alimaña capturada y la mujer que a gritos se lamentaba.
Algunos hombres se unieron y corrieron al lugar donde estaba la trampa. Libertaron al animal, y solícitos, aún lo ayudaron a despabilarse hasta que al fin lo vieron perderse en la enramada.
Al volver, encontraron a la señora reincorporada en su lecho, adolorida, pero ya sin la terrible sensación de hierros que la atormentaban.
BIBLIOGRAFÍA
1 POZAS, RICARDO, Juan Pérez Jolote, México, 1952.
2 Los habitantes de Jalisco hablan también del nahual, aunque de modo diferente. Di-
cen que es un ser de apariencia casi humana que ataca a las personas para chuparse su
sanare, se pueden defender de él haciendo la señal de la cruz.
3 LAURETTE SÉJOURNÉ. Supervivencias de un Mundo Mágico. México, 1953.
(p.64)
FRANCIS, Susana (1960) HABLA Y LITERATURA POPULAR EN LA ANTIGUA CAPITAL CHIAPANECA. Instituto Nacional Indigenista (INI). México. Prologo de Rosario Castellanos. Tomo 3 de la Biblioteca de Folklore Indígena. Capìtulo IV. Pp. 62-64. Primera edición.
|
Edición digital: Mtro. Alejandro Vera, Abril del 2006.
|